Religión y construcción del mundo

Berger, P. (1969). El dosel sagrado: Para una teoría sociológica de la religión. Buenos Aires: Amorrortu.
Capítulo 1. Reseña.

Los hombres y la sociedad se encuentran unidos en una relación dialéctica. Los hombres producen a la sociedad pero esta a su vez actúa sobre ellos. Berger y Luckmann descomponen este proceso en tres momentos; externalización, objetivación e internalización. El primero describe el vuelco de la actividad humana hacia el mundo, que tiene como resultado el surgimiento de la sociedad. El segundo se refiere a la adquisición por parte de los productos de la actividad humana de un carácter de realidad objetiva. El tercero designa a la reapropiación que los hombres hacen de esa realidad convirtiéndola en estructura de sus conciencias subjetivas. Externalización se refiere entonces a la sociedad como producto, objetivación a la sociedad como realidad objetiva, e internalización al hombre como producto de la sociedad.

Para Berger y Luckmann este proceso responde a una necesidad antropológica del hombre, consecuencia de su misma constitución biológica. El hombre presenta una estructura instintiva no especializada, en virtud de lo cual no existe un mundo del hombre propiamente dicho, predeterminado por su constitución interna. Lo que vaya a ser este mundo puede pensarse como un espectro de posibilidades sumamente flexible que depende en todo caso de la cultura en que cada uno nace y se desarrolla. En tanto la cultura misma es un producto de la acción humana, este mundo es entonces, no uno dado, sino construido. La cultura brinda a la vida humana las estructuras de que carece biológicamente.

Debido a otro hecho antropológico básico como es la sociabilidad del hombre, las tres fases de este proceso se dan siempre en relación con otros. La actividad constructora de mundos humanos, implicada en el momento de externalización, es siempre una labor colectiva. Una vez objetivado, este mundo se presenta como realidad objetiva no sólo para individuos específicos sino para todos los hombres que lo habitan. Finalmente la internalización de ese mundo en la conciencia depende también de la sociedad, ya que la cultura es experimentada y aprehendida en relación con otros significativos.
El mundo construido socialmente es un ordenamiento de la experiencia. A este orden, que se impone a las experiencias y significados de los individuos, Berger lo llama nomos, término propuesto como contraposición al concepto de anomia elaborado por Durkheim. El autor afirma que la nomización es la función más importante de la sociedad. Bajo este postulado subyace el presupuesto antropológico del ansia humana de significado, según el cual los hombres se ven congénitamente compelidos a imponer un orden significativo a la realidad. La vida en sociedad facilita esto, ofreciéndole al individuo un universo de significados ya establecidos, el cual comparte con aquellos que lo rodean. En este sentido, estar separado de la sociedad expone al individuo a múltiples peligros, el mayor de los cuales es justamente la ausencia de significado. Fuera del nomos socialmente establecido el individuo se sumerge en un mundo de desorden, falta de sentido y locura.

El mundo social tiende a que se lo dé por sentado. No basta que el individuo considere los significados fundamentales del orden social como útiles, convenientes o correctos. Es mucho mejor para la estabilidad social que los contemple como inevitables, como parte de la «naturaleza universal de las cosas». Decir que al nomos socialmente establecido se lo da por sentado implica afirmar que se lo considera parte del orden natural y universal de las cosas. Se lo dota en ese sentido de una estabilidad cósmica que trasciende los esfuerzos históricos de los seres humanos.

Berger define a la religión como la empresa humana por la cual se establece un cosmos sagrado. Es decir una construcción nómica cuyos significados y representaciones están anclados o remiten a lo sagrado. En este tipo de orden, la función nómica que busca ofrecer a los individuos un sentido de seguridad frente a la amenaza de la falta de significado, adquiere su máxima expresión.

En tiempos modernos se han visto intentos completamente seculares de cosmización, entre los cuales el más importante es la ciencia moderna. En su origen, sin embargo, toda cosmización tiene un carácter sagrado. Berger explica que la religión ha desempeñado un papel estratégico en la empresa humana de construir mundos. Históricamente, la mayoría de los mundos del hombre han sido, de hecho, mundos sagrados. La religión, concluye el autor, es el audaz intento de concebir todo el universo como humanamente significativo.

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